Paramos cuando el semáforo está en rojo. Al ver humo a lo lejos sabemos que hay fuego prendido. Y al pasar a un baño público revisamos el dibujito estampado en la puerta para ver si es de “damas” o “caballeros”. Logramos vivir en este nivel de abstracción porque nos acostumbramos a ser parte de un mundo de signos: íconos, indicios y símbolos se impregnan en nuestra vida cotidiana. Pero pasan desapercibidos. Es que la terceridad contempla que pasen por delante de nuestros ojos un sin fin de procesos sin desentrañamiento alguno.
Escuché de una persona que no contaba con esta capacidad de descifrar signos. Ireneo Funes era su nombre. Funes el memorioso le decían. Porque contaba con una habilidad diferente: era capaz de recordar cada detalle, cada pensamiento, cada sensación. Ver una imagen, leer un texto, sentir un olor una única vez le era suficiente para recordarlos por siempre. Pero esto trajo ciertos inconvenientes para Funes: “Era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)”.
Funes estaba atrapado en la segundidad, no podía salir de ella. En cada percepción que tenía no lograba ver más que una singularidad, una particularidad. Llegar a cualquier tipo de conceptualización o mediación le era imposible. No podía comprender el desarrollo vital de los signos: la terceridad.
Hoy quiero agradecerle a Funes. Sin él probablemente no hubiera sabido nunca apreciar el valor de los signos. De formar parte de un mundo simbólico. Y de sentarme en un restaurant en una mesa lejana, levantar mi mano con los dedos en forma de “C” y que el mozo me traiga, sin palabras de por medio, un rico cortadito.
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miércoles, 24 de febrero de 2010
lunes, 22 de febrero de 2010
Semiótica improvisada: Charles Peirce y un nuevo universo
“¿El placer y el dolor tienen la misma constitución o se oponen?”
Permitirme conocer los textos de Charles Sanders Peirce fue, sin lugar a dudas, una de las mejores cosas que me ha dejado la carrera. Licenciado en matemáticas graduado en la Universidad de Harvard, con una maestría en química, Peirce en realidad se destaca por ser pionero anglosajón de la semiótica. Al culminar sus estudios, Charles se dio cuenta de que el análisis matemático tenía un gran límite: estaba orientado únicamente hacia el aspecto mental, y le pareció indispensable también desarrollar los aspectos sensoriales* del conocimiento.
Peirce fue uno de los iniciadores de la heterogénea corriente filosófica pragmatista, pero –contrariamente a muchos de sus contemporáneos- él pretendía construir una filosofía positivista basada en reflexiones fenomenológicas y epistemológicas. Recurría al positivismo para crear un sistema de pensamiento unificado y sostenido por la ciencia que se basaba en la lógica, pero a su vez no perdía su carácter pasional y recurría continuamente a la metafísica y el subjetivismo.
Así, Peirce llega al universo de los signos. Su teoría triádica abarca una concepción total de la realidad que vive el hombre. Desde su naturaleza cruda y más simples sensaciones (primeridad), pasando por cada particularidad y singularidad (segundidad), hasta llegar a las más complejas abstracciones (terceridad), la semiótica peirciana se corresponde perfectamente con la vida humana.
* Aquí es cuando Charles se inclina, entonces, hacia la formación del sentido gustativo y casi se convierte en un degustador profesional. Lamentablemente al mismo tiempo se fue entregando a la bebida, creándosele graves problemas de índole social y relacional.
Permitirme conocer los textos de Charles Sanders Peirce fue, sin lugar a dudas, una de las mejores cosas que me ha dejado la carrera. Licenciado en matemáticas graduado en la Universidad de Harvard, con una maestría en química, Peirce en realidad se destaca por ser pionero anglosajón de la semiótica. Al culminar sus estudios, Charles se dio cuenta de que el análisis matemático tenía un gran límite: estaba orientado únicamente hacia el aspecto mental, y le pareció indispensable también desarrollar los aspectos sensoriales* del conocimiento.
Peirce fue uno de los iniciadores de la heterogénea corriente filosófica pragmatista, pero –contrariamente a muchos de sus contemporáneos- él pretendía construir una filosofía positivista basada en reflexiones fenomenológicas y epistemológicas. Recurría al positivismo para crear un sistema de pensamiento unificado y sostenido por la ciencia que se basaba en la lógica, pero a su vez no perdía su carácter pasional y recurría continuamente a la metafísica y el subjetivismo.
Así, Peirce llega al universo de los signos. Su teoría triádica abarca una concepción total de la realidad que vive el hombre. Desde su naturaleza cruda y más simples sensaciones (primeridad), pasando por cada particularidad y singularidad (segundidad), hasta llegar a las más complejas abstracciones (terceridad), la semiótica peirciana se corresponde perfectamente con la vida humana.
* Aquí es cuando Charles se inclina, entonces, hacia la formación del sentido gustativo y casi se convierte en un degustador profesional. Lamentablemente al mismo tiempo se fue entregando a la bebida, creándosele graves problemas de índole social y relacional.
Etiquetas:
Charles Peirce,
Semiótica improvisada,
signos
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